Estaba colocando unos vaqueros en la estantería que les
correspondía, cantando en voz baja “Run to the Hills” de Iron Maiden, cuando se
me acercó Marina, una de las chicas que trabajaba conmigo.
-
Vaya, ¿te ha pasado algo bueno, Mario? – me preguntó
sonriendo.
La miré un momento, sin dejar de hacer lo que estaba
haciendo.
-
¿Por qué lo dices? – pregunté.
-
Por nada... pero hoy pareces más animado y alegre que de
costumbre... Estás ahí, colocando los pantalones con una enorme sonrisa y
cantando...
No pude evitar recordar lo que había pasado el día anterior
con Marco. Había sentido sus manos recorriendo mi cuerpo, su boca... Y, aunque
no habíamos llegado más lejos, había sido lo suficientemente intenso como para
que mi cuerpo lo recordara a la perfección y reaccionara cada vez que pensaba
en ello. Había querido hacer que él se sintiera de la misma manera que yo, pero
Marco dijo que si lo hacía... no sería capaz de detenerse y que quería tomarse
su tiempo para que me hiciera a la idea.
-
¿Eh? Oh... esto... – me froté la mejilla, que seguramente se
había puesto roja, con el dorso de la mano que sujetaba un pantalón – Sí,
supongo que sí me ha pasado algo bueno... – respondí finalmente, con una
pequeña sonrisa.
-
¡Eso es genial! Me alegro – dijo Alba, otra de mis compañeras,
que se había acercado a nosotros.
-
¡Yo también me alegro! – agregó Marina – La verdad es que te
lo mereces... Has estado unos días un poco “chof” y me encanta verte tan
animado, en serio.
-
Gracias – les dije un poco avergonzado.
Con una sonrisa, las dos se alejaron para seguir con su
trabajo, mientras yo continuaba con el mío.
El día pasó rápidamente y antes de que me diera cuenta solo
quedaba media hora para cerrar la tienda. Salí del almacén con las zapatillas
que me había pedido un cliente y fue entonces cuando le vi. Carlos había
entrado en la tienda y miraba alrededor, buscándome. Cuando dio conmigo, que me
acercaba al chico que me había hecho el pedido, sonrió y caminó hacia mí.
No sabría describir lo que estaba sintiendo mientras le veía
venir hacia mí. Seguía enfadado con él, eso seguro, pero también estaba
confuso. De forma inconsciente, le comparé con Marco y, la verdad, es que
Carlos salía perdiendo en la comparación. Nunca se había preocupado realmente
por lo que yo pudiera pensar o sentir, hacía lo que quería cuando le venía en
gana, sin pensar en los demás.
-
¡Hola! – dijo Carlos sonriendo cuando llegó hasta mí.
Le respondí con un gesto de la cabeza, sin mirarle,
observando al chico que se estaba probando las zapatillas.
-
¡Venga! ¿Sigues enfadado conmigo? – me preguntó.
-
Carlos, estoy trabajando, como supongo que ya sabes y estás
viendo... ¿No has tenido un momento mejor para preguntarme eso? Quizá, no sé...
¿cuando estaba en mi casa sin hacer nada?
-
Pero seguramente estabas enfadado y pensé que a estas alturas
ya se te habría pasado...
-
Qué bien... ¿esperabas que se me pasara porque sí? – pregunté
de mal humor.
-
Creo que me están bien – dijo el chico sentado en el pequeño
sofá, mirando las zapatillas. Se notaba que se sentía un poco incómodo con la
situación.
-
¿Se las lleva, entonces? – quise saber con una sonrisa.
-
Esto... sí, me las llevo – respondió.
Asentí y dejé la caja a su lado, para alejarme de allí, con
Carlos pisándome los talones.
-
Oye, hazme caso – dijo.
-
Te he dicho que estoy trabajando, Carlos. No puedo ponerme a
hablar contigo tranquilamente.
-
Vale... pues esperaré a que salgas.
-
No hace falta...
-
Lo haré de todas formas – dijo él alejándose.
Suspiré, mirando cómo salía de la tienda. No tenía ganas de
hablar con él y de tener que tratar con su egoísmo y egocentrismo. Y menos aún
después de cómo se había comportado aquel día.
Cuando terminé mi turno y salí, me quedé parado debido a lo
que veía ante mí. Carlos estaba ahí, como había dicho, pero también estaba
Marco. El primero fruncía el ceño mirando a Marco, que hacía lo posible por
ignorarle y ni siquiera le dirigía una pequeña mirada. Fue entonces cuando
Marco me vio y me lanzó una sonrisa de oreja a oreja.
-
¡Por fin! – exclamó acercándose a mí y dándome un pequeño beso
en los labios, antes de que dijera nada – Me moría por verte – susurró contra
mis labios.
Sonreí levemente y le di otro beso, sorprendido por la
alegría que sentí al escuchar esas palabras.
-
Vosotros... ¡lo habéis hecho! – dijo Carlos de forma
acusadora.
Me sobresalté. Es verdad, Carlos estaba ahí también. Marco
puso los ojos en blanco y se separó de mí, para luego rodearme los hombros con
un brazo y mirar al otro chico, que nos fulminaba con su mirada.
-
¿Hacer el qué? – preguntó.
-
¡Se supone que tú estabas enamorado de mí! – gritó Carlos
mirándome - ¿Tan rápido te has olvidado? Eres solo un maricón de mierda que
mueve el culo ante cualquier rabo dispuesto que encuentre, ¿verdad? Debería
haberte dado de lado, como hicieron todos los demás cuando descubrieron lo
asqueroso que eras...
Le miré boquiabierto ante ese ataque de rabia y esas
palabras despectivas. Sentí cómo el cuerpo de Marco se tensaba y se separaba de
mí, acercándose a Carlos. Antes de que este pudiera reaccionar, le asestó un puñetazo
en la cara que le hizo perder el equilibrio y caer al suelo.
-
Vuelve a decirle algo así y te destrozo, niñato – dijo Marco
apretando el puño de nuevo.