martes, 15 de mayo de 2012

Capítulo 19


Estaba colocando unos vaqueros en la estantería que les correspondía, cantando en voz baja “Run to the Hills” de Iron Maiden, cuando se me acercó Marina, una de las chicas que trabajaba conmigo.

-         Vaya, ¿te ha pasado algo bueno, Mario? – me preguntó sonriendo.

La miré un momento, sin dejar de hacer lo que estaba haciendo.

-         ¿Por qué lo dices? – pregunté.

-         Por nada... pero hoy pareces más animado y alegre que de costumbre... Estás ahí, colocando los pantalones con una enorme sonrisa y cantando...

No pude evitar recordar lo que había pasado el día anterior con Marco. Había sentido sus manos recorriendo mi cuerpo, su boca... Y, aunque no habíamos llegado más lejos, había sido lo suficientemente intenso como para que mi cuerpo lo recordara a la perfección y reaccionara cada vez que pensaba en ello. Había querido hacer que él se sintiera de la misma manera que yo, pero Marco dijo que si lo hacía... no sería capaz de detenerse y que quería tomarse su tiempo para que me hiciera a la idea.

-         ¿Eh? Oh... esto... – me froté la mejilla, que seguramente se había puesto roja, con el dorso de la mano que sujetaba un pantalón – Sí, supongo que sí me ha pasado algo bueno... – respondí finalmente, con una pequeña sonrisa.

-         ¡Eso es genial! Me alegro – dijo Alba, otra de mis compañeras, que se había acercado a nosotros.

-         ¡Yo también me alegro! – agregó Marina – La verdad es que te lo mereces... Has estado unos días un poco “chof” y me encanta verte tan animado, en serio.

-         Gracias – les dije un poco avergonzado.

Con una sonrisa, las dos se alejaron para seguir con su trabajo, mientras yo continuaba con el mío.



El día pasó rápidamente y antes de que me diera cuenta solo quedaba media hora para cerrar la tienda. Salí del almacén con las zapatillas que me había pedido un cliente y fue entonces cuando le vi. Carlos había entrado en la tienda y miraba alrededor, buscándome. Cuando dio conmigo, que me acercaba al chico que me había hecho el pedido, sonrió y caminó hacia mí.

No sabría describir lo que estaba sintiendo mientras le veía venir hacia mí. Seguía enfadado con él, eso seguro, pero también estaba confuso. De forma inconsciente, le comparé con Marco y, la verdad, es que Carlos salía perdiendo en la comparación. Nunca se había preocupado realmente por lo que yo pudiera pensar o sentir, hacía lo que quería cuando le venía en gana, sin pensar en los demás.

-         ¡Hola! – dijo Carlos sonriendo cuando llegó hasta mí.

Le respondí con un gesto de la cabeza, sin mirarle, observando al chico que se estaba probando las zapatillas.

-         ¡Venga! ¿Sigues enfadado conmigo? – me preguntó.

-         Carlos, estoy trabajando, como supongo que ya sabes y estás viendo... ¿No has tenido un momento mejor para preguntarme eso? Quizá, no sé... ¿cuando estaba en mi casa sin hacer nada?

-         Pero seguramente estabas enfadado y pensé que a estas alturas ya se te habría pasado...

-         Qué bien... ¿esperabas que se me pasara porque sí? – pregunté de mal humor.

-         Creo que me están bien – dijo el chico sentado en el pequeño sofá, mirando las zapatillas. Se notaba que se sentía un poco incómodo con la situación.

-         ¿Se las lleva, entonces? – quise saber con una sonrisa.

-         Esto... sí, me las llevo – respondió.

Asentí y dejé la caja a su lado, para alejarme de allí, con Carlos pisándome los talones.

-         Oye, hazme caso – dijo.

-         Te he dicho que estoy trabajando, Carlos. No puedo ponerme a hablar contigo tranquilamente.

-         Vale... pues esperaré a que salgas.

-         No hace falta...

-         Lo haré de todas formas – dijo él alejándose.

Suspiré, mirando cómo salía de la tienda. No tenía ganas de hablar con él y de tener que tratar con su egoísmo y egocentrismo. Y menos aún después de cómo se había comportado aquel día.



Cuando terminé mi turno y salí, me quedé parado debido a lo que veía ante mí. Carlos estaba ahí, como había dicho, pero también estaba Marco. El primero fruncía el ceño mirando a Marco, que hacía lo posible por ignorarle y ni siquiera le dirigía una pequeña mirada. Fue entonces cuando Marco me vio y me lanzó una sonrisa de oreja a oreja.

-         ¡Por fin! – exclamó acercándose a mí y dándome un pequeño beso en los labios, antes de que dijera nada – Me moría por verte – susurró contra mis labios.

Sonreí levemente y le di otro beso, sorprendido por la alegría que sentí al escuchar esas palabras.

-         Vosotros... ¡lo habéis hecho! – dijo Carlos de forma acusadora.

Me sobresalté. Es verdad, Carlos estaba ahí también. Marco puso los ojos en blanco y se separó de mí, para luego rodearme los hombros con un brazo y mirar al otro chico, que nos fulminaba con su mirada.

-         ¿Hacer el qué? – preguntó.

-         ¡Se supone que tú estabas enamorado de mí! – gritó Carlos mirándome - ¿Tan rápido te has olvidado? Eres solo un maricón de mierda que mueve el culo ante cualquier rabo dispuesto que encuentre, ¿verdad? Debería haberte dado de lado, como hicieron todos los demás cuando descubrieron lo asqueroso que eras...

Le miré boquiabierto ante ese ataque de rabia y esas palabras despectivas. Sentí cómo el cuerpo de Marco se tensaba y se separaba de mí, acercándose a Carlos. Antes de que este pudiera reaccionar, le asestó un puñetazo en la cara que le hizo perder el equilibrio y caer al suelo.

-         Vuelve a decirle algo así y te destrozo, niñato – dijo Marco apretando el puño de nuevo.

Lo único que pude hacer fue mirar atónito la escena, mientras Carlos se levantaba.

jueves, 3 de mayo de 2012

Capítulo 18


Caliente. Tan caliente.

Eso fue lo primero que pasó por mi mente al rodear con mis dedos la erección de Mario. Él volvió a gemir y arqueó aún más su espalda, frotándose contra mi mano. Esto sí que no me lo esperaba. Mario parecía perder todas sus inhibiciones cuando estaba excitado. No parecía el mismo que hace unos instantes estaba tan nervioso que le costaba hasta concentrarse.

Sin dejar de sonreír, le besé de nuevo y, esta vez, respondió con urgencia, robándome la iniciativa del beso. Su lengua se introdujo en mi boca y acarició la mía sin la torpeza anterior. Comencé a mover mi mano sobre su longitud, primero despacio... cada vez más rápido, debido a que su cuerpo me lo pedía. Las manos de Mario apretaban mis hombros con fuerza. Mordí su labio inferior y tiré suavemente de él, obligándole a levantar la cabeza para seguir a su labio y besarme de nuevo.

Esta nueva faceta de Mario no estaba mal. Nada mal. Y lo mejor de todo era saber que yo era el primero que la veía. Estaba seguro de que nadie más había visto su cara sonrojada debido a la excitación, su cuerpo arqueado en busca de un mayor contacto... Nadie había escuchado los suaves gemidos que se escapaban de sus labios.

Separé mi boca de la suya y me centré en su cuello. Besándolo, lamiéndolo, mordiéndolo... mientras él se limitaba a echar la cabeza a un lado para dejarme espacio. Con mi lengua, tracé un pequeño camino hasta su oreja, donde mordisqueé el lóbulo.

-         ¿Te gusta? – le susurré al oído.

La única respuesta que obtuve de él fue un jadeo descompasado y...

-         Parece ser que sí. Se te ha puesto más dura todavía – comenté en voz baja.

Dejé de acariciarle con la mano, por lo que obtuve un ruidito de protesta que venía desde el fondo de su garganta. No pude evitar soltar una risilla entre dientes.

-         Ya va, ya va... ansioso.

Con las dos manos ahora libres, comencé a quitarle la camiseta, dejando al descubierto unos hombros anchos y un cuerpo delgado. Caray, me encantaba su cuerpo y la erección que tenía yo mismo lo corroboraba. Relájate, Marco, pensé, esta vez es para él. Me recordé a mí mismo que, simplemente, quería verle disfrutar. Ya habría tiempo para ocuparse de mí más adelante.

Me deslicé un poco hacia abajo en la cama, lo justo para poder darme un festín con su pecho desnudo. Dejé que mi lengua vagara sin ningún tipo de itinerario, hasta que me centré en uno de sus pezones, que rodeé con mi lengua, para luego morderlo suavemente.

-         M.Marco... – gimió él llevando sus manos a mi cabeza.

Sus dedos se enredaron en mi pelo, deshaciendo el peinado que llevaba. A la mierda las horas que pasaba frente al espejo para que me quedara perfectamente de punta... Bien, no es que me importara realmente en ese momento, la verdad...

Sabía lo que Mario estaba pidiendo y se lo daría. Pero todavía no. No era bueno darle a los niños todo lo que pedían al instante. A veces, hay que hacerles sufrir, por lo que seguí con la atención y el mimo que le estaba prodigando a su pequeño pezón. Bajé un poco más, mordisqueando y lamiendo todo el camino hasta su ombligo. La respiración de Mario estaba como loca, su pecho subía y bajaba con rapidez, anticipando mi próxima parada. Anticipando lo que iba a pasar.

Le di un último mordisco a su ombligo antes de incorporarme y desnudarle completamente. Sus pantalones y su ropa interior encontraron el mismo destino que había hallado su camiseta anteriormente. Terminaron en el suelo, por supuesto. Miré su cuerpo desnudo durante un instante. Había algo increíblemente erótico en el hecho de tenerle sin una pizca de ropa mientras yo permanecía totalmente vestido. Le hacía parecer... indefenso.

Me bajé de la cama, por lo que Mario me lanzó una mirada totalmente confundida, que no duró mucho ya que le agarré de las pantorrillas para arrastrarle hasta el borde de la cama. Me arrodillé entre sus piernas, frente a él, que había apoyado un brazo en el colchón y se había incorporado a medias.

-         ¿Marco? – preguntó en voz baja al ver que yo no hacía nada.

En sus ojos se podían ver un sinfín de emociones. Deseo, excitación... pero también se le veía un poco asustado. Era normal, estaba claro que era la primera vez que se encontraba desnudo frente a otro chico y eso estaba haciendo que los nervios volvieran a él. No podía permitirlo.

Una sonrisa pícara se dibujo en mi rostro al tiempo que mi mano rodeaba de nuevo su erección. Mario se mordió el labio, para evitar que se le escapara un gemido. Ooooh, así que esas tenía, ¿eh? Bajé mi cabeza y saqué mi lengua que, esta vez, recorrió su miembro excitado, haciendo que él no pudiera contener el gemido que había estado guardando. Animado y sabiendo qué tenía que hacer exactamente, coloqué mis manos en sus muslos y usé mi boca de la misma manera en la que había usado mi mano hacía tan solo un rato.

Cuando mis labios rodearon su erección y comenzaron a moverse por toda su longitud, con mi lengua danzando a su alrededor en el interior de mi boca, la mano que Mario había apoyado en el colchón perdió fuerza, dejando caer su peso de nuevo sobre la cama. Él echó la cabeza hacia atrás con un jadeo y llevó sus manos sobre mi cabeza de nuevo. Con ese gesto, Mario marcó el ritmo que quería que siguiera, por lo que hice exactamente lo que me estaba pidiendo con su cuerpo. Aumenté el ritmo de las acometidas de mi boca, hasta volverle loco. Sus dedos se clavaron en mi cabeza y tiraron de mi pelo con fuerza, pero no me importó en lo más mínimo. Era una prueba de que lo estaba disfrutando como nunca y eso me ponía. Mucho.

Seguimos así durante un rato, en el que yo intercalaba acometidas suaves y superficiales, con otras mucho más profundas. Era algo tan nuevo para Mario, una experiencia que no había saboreado antes... que no pasó mucho tiempo antes de que llegara al orgasmo, dejando escapar un gemido tan increíble que nunca podré olvidarlo.

lunes, 30 de abril de 2012

Capítulo 17


Solté una carcajada al escuchar eso. El Mario nervioso era condenadamente adorable. Entré en su casa después de él, que cerró la puerta una vez que estuvimos los dos dentro.

Miré alrededor, fijándome en los detalles de la casa. La puerta de lo que suponía era la cocina estaba cerrada, así que lo primero que veías al entrar era el saloncito. No era grande, pero sí daba la sensación de ser acogedor. Se notaba que ahí vivía una familia unida, ya que todo estaba lleno de fotos. No pude evitar compararlo con  mi propio salón, donde apenas había una televisión y un mueble con una vajilla de porcelana cara que no se usaba nunca. Nada de fotos.

Me fijé en una donde aparecía un pequeño Mario que no tendría más de 12 años y dos niños que debían ser mellizos y que tendrían unos 8 años. Mario aparecía en la foto con una gorra negra, gafas, una camiseta verde y unos pantalones azules. Sonreí cogiendo la foto de la mesita en la que estaba.

-         Así que... ese genial don tuyo para la ropa te venía desde pequeño, ¿eh? – comenté mirándole y señalando la foto.

Él se rascó la cabeza, mirando hacia otro lado.

-         Eh... sí... a mis padres les parecía gracioso mi forma de elegir la ropa, así que me dejaron vestir así libremente... hasta ahora – comentó un poco avergonzado.

-         Vaya... – me fijé en los dos niños que también aparecían en la foto, uno a cada lado de él - ¿Son tus hermanos?

Mario asintió mirando la foto.

-         No os parecéis mucho – dije comparando a los mellizos con él.

-         Ya... ellos se parecen a mi madre... Yo... no – dijo incómodo, por lo que me di cuenta de que aquel era un tema delicado, aunque no sabía qué tenía de malo no parecerse a su madre. Seguro que había salido a su padre – Vamos a mi habitación – añadió.

Le seguí por el pasillo hasta llegar a la última habitación, en la que entramos. Las paredes estaban llenas de póster de Metallica, Blind Guardian y Bon Jovi. Miré a Mario y a la habitación alternativamente. No le pegaba para nada. Antes de abrir la boca, él se adelantó.

-         Ya sé que no pega nada conmigo, pero el aspecto no tiene nada que ver con el gusto musical – dijo muy serio.

Sonreí, sentándome en la cama, ya que era lo único que había para sentarse, a parte de la silla de escritorio donde estaba Mario.

-         Me has pillado – dije.

-         ¿Quieres tomar algo? – me preguntó. Todavía estaba nervioso, se notaba en su forma de agarrar los pantalones.

-         Mario – le llamé para que me mirara – Ven aquí – añadí dando unos golpecitos en la cama, a mi lado.

Él pareció titubear al principio, pero terminó levantándose de la silla y sentándose donde le había dicho.

-         ¿Sabes? No hace falta que estés tan nervioso. Haces que me sienta como algún tipo de monstruo ante un sacrificio virgen – le dije con una sonrisa conciliadora – No voy a lanzarme sobre ti, ni hacerte nada que no quieras.

-         Lo sé... Es solo que... es la primera vez que un chico sube a mi casa, a parte de...

-         Vale, vale, lo pillo – dije antes de que nombrara al chulito de turno.

Mario se miraba las manos, que seguían agarrando sus pantalones con fuerza. Sonreí de nuevo, agarrando su barbilla para obligarle a mirarme y me incliné sobre él.

-         Si fueras un poquito más adorable, me volverías completamente loco – le dije antes de besarle.

Él respondió de la misma manera torpe de la que había hecho gala en las veces anteriores. Abrió sus labios para que mi lengua pudiera jugar con la suya, que se movía como si le diera vergüenza. No es que me importara su lado tímido, al contrario, era algo que me encantaba. Llevé mis manos hasta sus hombros y, empujando ligeramente, conseguí que se echara para atrás, recostándose en la cama y dejándome a mí con medio cuerpo sobre él.

Al principio, sus manos se apoyaron en mi pecho, como si quisiera quitarme de ahí, pero finalmente terminó agarrando mi camiseta con fuerza al tiempo que un pequeño gemido se escapaba de sus labios para terminar contra los míos. Esa reacción me encendió y me animó aún más a seguir. Profundicé el beso, al tiempo que mi mano acariciaba su cuello, mientras la otra permanecía en la mejilla de él, para que no pudiera mover la cara ni aunque quisiera. La mano que estaba en su cuello comenzó a vagar hacia abajo llegando hasta su pecho, su costado, su cintura, su cadera... hasta detener su avance sobre su vientre, justo donde se encontraba la cinturilla de sus pantalones, para terminar bajando un poco más.

Me separé un poco de él, liberando sus labios y le miré. Tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos. Un ligero rubor cubría sus mejillas mientras su respiración se aceleraba poco a poco.

-         Esto ha sido rápido – susurré – Ya la tienes completamente dura – añadí comenzado a frotarla por encima de sus pantalones.

Mario gimió y se mordió el labio, arqueando la espalda, buscando más contacto... lo que me hizo sonreír. Vaya, vaya, toda su vergüenza parecía haber desaparecido. Volví a besarle, mientras mi mano trabajaba para desabrocharle los pantalones y meterse dentro.